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¿De verdad somos un país de fachas?

País de Fachas

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La etiqueta “facha”, tan rancia ella, se ha convertido en el calificativo preferido para todo aquel que no se alinea con la corriente dominante. Para entender esta preocupante moda, debemos hacer un viaje al pasado, específicamente a la Unión Soviética de Stalin, que fue quien tuvo la brillante idea de llamar "fascista" a cualquier disidente como forma de deslegitimar a alguien relacionándolo con el bando más odiado de su época y marcando así el camino para una técnica infalible de control y represión.

Esta técnica fue adoptada y aplicada con fervor por los miembros del Partido Comunista Español durante la Guerra Civil que, contagiados por el estilo de Stalin, decidieron utilizar el recurso de etiquetar de "fascistas" a los miembros del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), a pesar de que estos eran afines a su ideología. La etiqueta sirvió como una herramienta perfecta para eliminar a un grupo que, aunque compartía principios similares, osaba tener pensamientos propios y diferentes métodos de acción.

Por cierto, que entre estos molestos pensadores del POUM se encontraba un tal George Orwell, un tipo que, aparte de escribir algunos libros decentes, se atrevió a luchar en nuestra guerra. Pero claro, no podía pasar mucho tiempo en España sin ser etiquetado de alguna manera, y ahí lo tienen: un comunista, socialista, y también fascista. Todo un currículum

Pero volvamos al presente, donde parece que algunos han aprendido bien aquella lección de Stalin. Ahora, cualquier opinión que no comulga con la línea oficial es automáticamente fascista. ¿No estás de acuerdo con la política económica del gobierno? ¡Facha! ¿Te atreves a cuestionar la gestión sanitaria? ¡Facha! ¿Prefieres el té al café? ¡Facha! Es como si hubiera un supermercado de etiquetas donde “facha” está siempre en oferta y se usa indiscriminadamente.

Este fenómeno no es más que una estrategia calculada para silenciar la disidencia y simplificar el complejo panorama político en un juego de buenos contra malos. ¿Y qué mejor manera de asegurarse de que la gente no escuche a los "malos" que pintándolos con el peor pincel posible?. Desde luego, etiquetar a tus enemigos con algo temido y odiado es una manera eficaz de dinamitarlos de cara al discurso público. Eso sí: pregunta a cualquiera de los que utilizan el término fascista de dónde viene o cual es su historia, y lo más probable es que no tenga ni idea. 

Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos es: ¿Estamos tan desesperados por no enfrentar ideas diferentes que preferimos convertir a nuestros opositores en monstruos? ¿Es más fácil simplemente etiquetar a alguien como fascista que debatir sus ideas? Aparentemente sí, y es una lástima, porque este hábito está erosionando el debate público y polarizando la sociedad de una manera muy, pero que muy peligrosa.

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